Dejando atrás mi cómoda silla, un viaje a lo desconocido del mundo y del ser

«Llevaba dos meses viviendo en la villa de Manhiça, con un mejor conocimiento y entendimiento de algunas cosas, y nació en mí el deseo de hacer algo fuera del programa, algo por mi propia cuenta (aunque no disponía de dinero), y se me ocurrió hacer un parque infantil a partir de llantas recicladas, como recuerdo que les dejaba una colombiana que una vez pasó por allí».

Así empieza Dejando atrás mi cómoda silla, diario personal de una viajera en África, de la autora vallecaucana Paula Cruz Domínguez. Se trata de una obra que bien podría considerarse una crónica de viaje pero también una novela, ya que sigue un hilo argumental que cubre los principales aspectos del género: una presentación, en la que el personaje principal nos cuenta quién es ella y cómo vive su vida habitual, plantea la necesidad de un cambio en su rutina y decide tomar acción, no sin enfrentar la normal resistencia que al final vence para iniciar propiamente la historia;  un desarrollo, en el que Paula, como se llama también el personaje principal (narrador), enfrenta y lucha contra los obstáculos, los altibajos, los cuestionamientos que se le presentan, se construyen los personajes y se nos muestra el ambiente, y, al final, se acerca la historia a ese momento inicial de la tercera parte de la obra, el desenlace, donde de nuevo se nos muestra que el personaje necesita otro cambio, este para volver a su punto de equilibro inicial, colmada de las experiencias que su vivencia le han permitido apropiar, y al cual, finalmente, llega, luego de arrostrar un clímax que palpamos como la cúspide desde la cual avizora un reflexivo final. En buen momento Xalambo Editorial lanza este maravilloso libro al mercado; el 8 de abril de 2022 empezó a distribuirse en las principales plataformas y librerías digitales, y puede adquirirse en la página de la editorial, xalambo.com, así como en las tiendas de Amazon de todo el mundo.

La colombiana Paula Cruz Domínguez estudió administración y, por algún tiempo, se dedicó a trabajar en entidades bancarias en su ciudad, como gerente comercial. Es, pues, una mujer que viene de enfrentarse más al público, en tanto que cliente, que al lápiz y a la hoja en blanco como primer acercamiento a la literatura. Dejando atrás mi cómoda silla es su primera creación literaria, y la misma se gestó a partir de los diarios que escribía la autora en Mozambique, África, amén de un viaje en el que se embarcó como voluntaria. La inmersión en las historias escritas al parecer la hace, por tanto, queriendo acompañarse de sí misma, buscando desahogo, satisfacer su propia necesidad de reflexión, a veces simplemente recreando lo que veía en un mundo ajeno que la maravillaba, pero también la inquietaba y la hacía cuestionarse.

La novela, ya se dijo, está dividida en tres partes, como manda el maestro Aristóteles, y la estructura obedece, como ya mencionábamos más arriba, a los preceptos planteados por el griego en su Poética. Inicia relatando el agotamiento existencial de un ser humano (Paula en la obra), que piensa un día que la vida se le escapa, como el agua entre los dedos, vendiendo créditos de vivienda a otras personas; siente que vivir es más que eso; el llamado a la acción se da cuando la narradora decide renunciar a su trabajo, vender su carro y desprenderse de la familia, para partir a un voluntariado en África, específicamente a Mozambique, donde procurará ayudar a otros seres humanos a hacer su vida más llevadera; allí, para empezar, se da cuenta de que tendrá que dejar atrás muchas comodidades que no imaginó que estaban en juego, pero que, ya entrada en gastos, no encuentra más qué hacer que dejar atrás; tales son los aprendizajes con los que se cruza (y que la irán llevando paulatina y gradualmente por un camino de transformación), que cada vez más liviana y desprevenida, cierta tarde, mientras construye un parque infantil con llantas recicladas para los niños, se ve disfrutando en el aquí y ahora que es la vida como regalo invaluable. Muchas otras sanas aventuras endulzarán luego sus días después de ver y escuchar a los nativos sufrir sus padecimientos, como si fueran lo más natural del mundo, la vida misma, porque eso es ser y estar mientras pasan las horas en esta tierra. Después del dolor viene una alegría, así sea solo por estar ya sanos, aunque más tarde haya que volver a sufrir por el hecho de que la comida es poca o quizás ni la haya para esa noche. Un día, igual, Paula se cansa del destierro voluntario, comprende que el objetivo de su pasantía está cumplido, que, aun dedicando toda su vida a apoyar a los africanos, su ayuda no será más que un grano de arena en la construcción del edificio de la generosidad, e igual otros deberán coger el testigo para acompañar a los mozambiqueños a dar otros pasos. Y regresa a Colombia.

El libro se lee como una reflexión personal y, al tiempo, como un desencuentro para volverse a encontrar. Dice la narradora: «En algún momento de nuestras vidas todos tenemos que decidir hacia dónde queremos mirar. Si queremos aferrarnos al pasado y quedarnos con lo que ya es conocido, o si mejor lo dejamos atrás y miramos hacia adelante. Mirar hacia el futuro no es fácil porque supone lo desconocido, pero también puede resultar más emocionante y llenarnos de mucha energía para descubrir cosas nuevas».

A través de sus páginas, las palabras sobre el papel se van acumulando noche a noche, y, un día, sin darnos cuenta, nos permiten pararnos frente al engranaje que quizás su autora nunca pensó realizar: la novela de las hojas sueltas que se juntaron para construir un mensaje. Porque el libro es también una reflexión social, esa que nos dice que ni somos salvadores de nadie ni transformadores de nada, sino simplemente caminantes que un día alcanzamos a alguien que va muy despacio en su trasegar, pero otro, nos sobrepasan quienes han aprendido lo que nosotros todavía no, y quizás en el camino algo enseñamos a otros y algo aprendemos de otros. Una obra, pues, para degustar de la misma forma que la autora debió gustar de ella mientras la escribía, a ratos, quizás tomando café, calmadamente, reflexivamente, como quien va descubriendo en su interior, letra a letra, palabra a palabra, párrafo a párrafo, voces que nos hablan y convocan a la lectura reposada, pensativa.

Dejando atrás mi cómoda silla no es precisamente, y desde el punto de vista literario, una obra «rompedora», en el sentido de que no ha inventado nada desde la óptica narratológica, no ha descubierto nada; pero sí lo es desde el punto de vista del contenido, de la historia, pues acerca a las tierras occidentales (me refiero a Europa y América, en tanto que mercados potenciales) un contenido que pocos conocemos, el África, con sus vivencias y sus costumbres, sus dolores pero también sus ganas de vivir, y que aun «conociéndolo» fragmentariamente a través de los medios de comunicación y las películas de DiCaprio, poco lo sentimos porque no es fácil tocar y entender el dolor y el abandono cuando el dolor y el abandono están tan lejos.

No se puede negar, sin embargo, que mientras se lee Dejando atrás mi cómoda silla se encuentra el lector con descripciones tan ricas, tan pictóricas, tan vivas, que no puede uno dejar de crearse la imagen mental del paisaje, de la apariencia de los personajes, de los animales que, como los cocodrilos que descansan en la oscuridad, apenas mueven los ojos, sin levantar la cabeza, para reseguir el avanzar de quien se atreve en sus territorios. Basta leer un párrafo para comprender de qué hablo:

«Caminé por la vía principal y entré a algunas de las chozas ya destruidas por el tiempo; escarbando, encontré algunos objetos viejos como ollas, pedazos de una biblia y huesos de animales; mientras caminaba lentamente por esas ruinas imaginaba la distribución de los espacios cuando eran habitados, tratando de encontrar algún indicio de separación entre la habitación y la cocina y me preguntaba cuántas personas habían vivido allí. En algunas, aún resaltaban los marcos de las ventanas o puertas, pero, en su mayoría, todas estaban por el suelo. Imaginaba también que Massingir había sido una aldea bulliciosa y llena de vida, con niños jugando en la carretera, mujeres con sus coloridas capulanas, cargando agua en sus cabezas para llevar a casa y hombres tomando cerveza con música a alto volumen, hablando y riendo».

Los personajes son tan cercanos, tocan tanto y de tal forma nuestra sensibilidad, que uno termina por dejar a un lado el libro para seguir analizando la presencia mental que se ha hecho de hombres como Manuel Timoteo contando su historia o de la misma Paula sentada en el piso de un corredor con su portátil sobre las piernas. El ritmo de la historia, con sus diálogos precisos, contundentes, que se intercalan entre las narraciones y las descripciones, es ágil, constante, ni muy rápido ni muy lento, más bien con la velocidad precisa para dejarlo a uno leer mientras viaja, o viajar mientras lee. Todo ayuda a la credibilidad, a la verosimilitud, a mantener el interés de forma constante en la trama que se relata, enganchando suave y sutilmente, como una melodía musical en la que ningún instrumento chirría ni hace ruido. Todo está bien afinado. No es un libro perfecto, pero siendo la ópera prima de una autora que hasta el momento de escribir Dejando atrás mi cómoda silla parecía no tener pretensiones novelísticas, bien vale la pena acercarse a su propuesta que, desprendida, enseña y entretiene.

Albeiro Patiño Builes

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